Monthly Archives: January 2013

Visto para sentencia…

Bueno, parece que la cosa ya esá lista: librico acabado (al final serán poco más de 175 páginas, algo muy compatible con mi idea de una lectura ligera, sólo para pasar el rato…)

Y ahora entramos en el tema de los permisos legales (por utilizar la ambientación de Glorantha que es una marca registrada de Issaries INC)

Luego, a buscar la forma más conveniente de publicarlo… 😉

Mi intención es ponerlo lo más barato posible, en torno a los 10 euros en papel, posiblemente la mitad en formato electrónico, algo acorde con su poco volumen y con que a fin de cuentas no espero ganarme la vida con esto, tan solo aspiro a cubrir gastos… ;P

Así que espero que pronto esté a disposición de quien se interese… 😉

Nos leemos (espero)

Paco, escritorzuelo a ratos libres.

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CAPITULO I: Una invitación inesperada.

1,1 a. Royam de Montegrás

No era la mejor posada del mundo, sin duda. Ni tampoco la más limpia. Pero al menos el último cuartucho de la buhardilla estaba bien aireado cuando se abrían los dos ventanucos y eso era de agradecer. Especialmente cuando el insoportable dolor de cabeza de la resaca y el olor rancio del vino derramado sobre las ropas te hacen venir nauseas matutinas.

Royam suspiró con resignación, torturado por los ronquidos y los efluvios de su insufrible compinche de los últimos tiempos, ese maloliente largirucho de piel cobriza que parece que se vomitó encima antes de caer inconsciente. O tal vez después, quien sabe… Puede que incluso hubiera sido él mismo, a juzgar por cómo terminaron la noche. Molesto por la idea intenta incorporarse algo, para ver si sus ropas están sucias, pero la punzada de dolor de cabeza le desanima y se limita a tumbarse de lado hacia la ventana, para que le llegue algo más de aire fresco de la mañana. Y al hacerlo la mano derecha se desliza entre los postigos abiertos y se expone inconscientemente a los rayos directos del sol…

Apenas puede contener el grito.

Un dolor intenso le abruma, mientras el olor a quemado y un humillo espeso emanan de su blanca piel, que se levanta a ojos vista en grandes ampollas escaldadas. El sol le quema, maldita sea, debería recordarlo… Forma parte de su maldición desde que se dejó arrastrar por sus compinches, sobretodo por el maldito embaucador vadelino, para probar aquel mejunje impío de setas nacidas de la misma sustancia del Caos.

Pero los tres borrachos ingirieron la sustancia fabricada con hongos malditos…

Retrocede apresuradamente al interior de la buhardilla, a la oscuridad, arrastrándose hacia atrás como una alimaña que huye de la luz. Al hacerlo tropieza con las largas piernas del otro ocupante de la estancia pero el miserable se limita a gemir una maldición y seguir durmiendo.

¡Ojalá fueras tú el que arde a la luz del sol, maldito pirata! – murmura mientras se sujeta el dolorido antebrazo. Afortunadamente, al retirarlo de la exposición directa a los rayos solares la erupción de la piel se detiene… y luego, milagrosamente, las heridas empiezan a cerrarse, la piel se regenera sin dejar cicatriz alguna. En unos pocos segundos está completamente curada. Esta es la contrapartida de su maldición, y reconoce que no tiene muchas quejas de esa parte.

Enfurecido de todos modos por tan desagradable despertar, propina una patada a su compinche para que este pruebe también una parte de su disgusto. El hombretón de aspecto patibulario reacciona de una forma poco tranquilizadora incorporándose de un salto con un afilado cuchillo en la mano que nadie sabe de dónde ha sacado… mira en derredor con cara de pocos amigos y cuando se da cuenta de que solo está presente el mezquino hombrecillo que le mira con una sonrisa maliciosa, guarda el filo en su bota y escupe al suelo mascullando un insulto y una maldición. Luego se sienta en un rincón y se lleva la mano a la afeitada cabeza, demostrando que la resaca es un mal compartido. Desliza la callosa palma por toda la cara y acaba en las comisuras de la boca, para reseguir la larga barba de chivo, en un intento de desprender los colgajos de inmundicia que se acumulan en ella…

A continuación busca en su entorno, encuentra un pellejo de vino que aún conserva algo de su contenido original y le da un largo trago. Buena manera de empezar el día…

Royam de Montegras decide ponerse en pié, trata de limpiar toscamente con algunos manotazos unas vestimentas que antaño fueron de calidad, alguna vez estuvieron limpias y en alguna remota ocasión resultaron incluso elegantes… y mientras anuda a su cintura el tahalí con espada y daga, de los que nunca se separa si puede evitarlo, se dispone con sumo cuidado, dada la monumental resaca, a bajar la empinada escalerilla de madera que conduce a la sala comunal de la pequeña posada. Justo cuando cruza el estrecho umbral, el grosero Lenavi, su compañero de desventuras, le espeta con voz gangosa:

–          Mierda puta de jodido vino rancio – y escupe el último trago – ¡Joder, tú, pequeño seshnegano bastardo, dile a ese cabrón de tabernero sodomita que busque en su puta bodega algo que se pueda beber o le quemo la maldita posada!

Royam vuelve la vista atrás y mira con genuino disgusto a su compañero, no porque le ofenda su lenguaje soez o las familiaridades que se toma, que hace ya mucho se hicieron habituales entre compañeros de armas, sino por el irremediable contrapunto que ofrece este individuo patibulario y vulgar para alguien que una vez fue educado en una corte. O cerca de ella…

Porque su vida no siempre fue así, en su juventud disfrutó de una verdadera educación formal, como hijo bastardo pero reconocido del Conde Roderic de Montegrás, allá en la corte seshnegana… y tuvo una carrera militar en los Tercios, alcanzando el rango de Sargento Mayor. Pero claro, todo eso fue antes de que su poco fraternal medio hermano, el legítimo, decidiese que su mera existencia era una mancha en el honor familiar. Cuando murió padre.

Joder, si resulta hasta cómico… en todas las historias es el felón hermano bastardo el que conspira contra el noble y digno heredero legítimo, para robarle sus derechos ¡no a la inversa!. Si él no suponía ningún tipo de amenaza para un gran señor seshnegano, le podían haber dejado vivir en paz su modesta existencia entre cuarteles, casinos y burdeles… Incluso hubiese encontrado tolerable que le rescindiese la pensión vitalicia dejada en herencia por su progenitor, ya se hubiera apañado él con la paga de la milicia. Pero no, tuvo que mandarle un par de jaques para emboscarle a la salida de una de las casas de juego que frecuentaba. Aunque bien debió haber aflojado un poco más la bolsa y enviarle al menos media docena, porque si pensaba que con eso bastaba para despacharle…

Con una sonrisa torva y rememorando sus pasadas desgracias, Royam desciende bamboleándose las torcidas escaleras mientras oye como arriba suena un golpe sordo y el jodido vadelino reniega y maldice tras golpearse una vez más con las vigas de la buhardilla…

–          Ya te está bien, cabrón larguirucho… – Murmura quedamente mientras baja.

Cuando llega a la sala comunal la encuentra prácticamente vacía, como corresponde a esas horas, cuando la gente de bien está trabajando en sus campos. No se llenará de lugareños hasta la noche, cuando se recojan después de la dura jornada de labranza. Apenas hay un par de clientes habituales que han visto cada día durante la última semana, un mozo y el posadero.

Cuando se dirige a este último, Royam lo encuentra tan alterado como de costumbre, se diría que este menudo segureño vive en un continuo estado de ansiedad, y ya sospecha la causa…

El hombrecillo calvo con el tabique nasal desviado le habla en susurros, haciendo un nervioso gesto para alejar el mal de ojo dirigido claramente hacia las estancias del piso superior:

–          Mi señor… vuestra excelencia… – se esfuerza en mostrarse cortes con Montegrás – Siempre os hemos mostrado el respeto que merecéis, y sabéis que esto no tiene nada que ver con vos… – parece que teme seguir, pero está decidido a decirlo todo – pero vuestro compañero de piel roja… ese… ese hombre sin Dios… – finalmente escupe – Ese vadelino – y al pronunciarlo  insiste con sus fútiles gestos supersticiosos – No puede seguir más tiempo bajo este techo, o traerá la desgracia sobre nosotros… Las buenas gentes de la aldea ya hablan de que tener a un ateo viviendo entre nosotros provocará la mala suerte, se estropeará la cerveza, habrá mala caza, tal vez incluso se eche a perder la cosecha…Y finalmente añade Os lo suplico, debéis decirle que se vaya, no me importa si aún le quedan monedas…

Royam le contempla con gesto de desdén, harto de vivir estas situaciones una y otra vez, allá donde vaya. – Esto me pasa por andar en malas compañías – piensa mientras contesta con cierto aire divertido:

–          Pues es muy sencillo, cuando baje a exigir más vino, y os aseguro que no tardará en hacerlo, comunicadle que ha de recoger sus cosas y buscarse otro lugar donde beber y dormir la mona…

El posadero le mira con suspicacia y menea la cabeza:

–          No quiero problemas, y menos con mercenarios borrachos – razona con prudencia – Cualquiera sabe cómo puede reaccionar…y concluyeSi no se lo va a decir vuestra merced, mejor espero a la noche, a que estén aquí el alguacil Mann y sus hombres…

Viendo retirarse al hombrecillo con paso apresurado, Royam frunce el ceño, irritado ante las presiones del mezquino posadero. Así que si no me implico yo, dejas caer que nos buscarás problemas con la guardia… Pequeño desgraciado cobarde y manipulador… Pero tiene razón, habrá que advertir a Lenavi de que se ande con cuidado esta noche, por si intentan provocarle y conducirle a un enfrentamiento que acabe con su expulsión de la aldea…

Se sorprende a sí mismo excusando a su amigo, pues a fin de cuentas no ha hecho en ningún momento nada fuera de lo común. Ha bebido y comido hasta hartarse, ahora que por fin tienen algunas monedas que gastar, se ha tirado a la puta local unas cuantas veces, ha gritado, cantado y montado alguna timba en la zona de la taberna, pero ha pagado por cada uno de los servicios, ha aceptado las pérdidas en el juego cuando la suerte no le ha sonreído y no ha vejado, golpeado, ni matado a nadie… y no todos los hombres de armas son tan considerados. Sin duda no es ningún angelito, y puede llegar a ser un gran cabronazo a veces, pero no pueden quejarse de su comportamiento en las últimas semanas, en las que se ha dedicado a gastarse en la propia aldea, y sin meterse con nadie, la paga del último trabajo, realizado por cierto a favor de estas gentes, dando caza a un grupo de salteadores de caminos que estaban ahogando el comercio local, hasta el punto de que se puso precio a sus cabezas…

Pero claro, es un vadelino y el pueblo sin Dios tiene una terrible reputación que les precede.

Puede que le hayan tolerado algunos días en la posada y la taberna como agradecimiento al servicio prestado, y para que una buena parte de la paga de la recompensa repercuta nuevamente en la propia aldea… pero no le quieren aquí durante más tiempo. Hora de hacer el petate y emprender camino de nuevo, a ver si hay algo interesante en la próxima población.

Algo que requiera de los servicios de dos espadas de alquiler…

No es tan fácil ganarse la vida como mercenario, jaque o matasiete por estos lares. No hay ninguna guerra que reclame soldados, y no forman parte de ninguna compañía organizada que pueda contratar sus servicios con un patrón importante, que les pague por estar en la reserva, prestos a intervenir cuando sean requeridos. Así que toca ir buscando pequeños encargos allá donde surjan, intentando equilibrar con tiento el valor del pago con la proporción de riesgo…

Aunque lo de ir por libre tiene su parte mala pero también la buena: nadie les impone una odiosa disciplina cuartelaria y pueden ir totalmente a la suya… Cierto es que alguna vez se planteó dejar atrás el relativo lastre que representa para un militar seshnegano tan impopular compañía como supone viajar con un odioso vadelino, pero el oficio de las armas es duro y peligroso y pronto aprendes que tener a tu vera a alguien competente y profesional, que no se arruga ante los contratiempos, es más valioso de lo que pueda creerse desde fuera.

Y si eso ya era cierto antes de los dramáticos acontecimientos del último año, después de sufrir juntos la maldición del brebaje de hongos, es mucho más lo que les une de lo que los separa. De momento…

 

 

1,1 b. Elvir RED Lenavi

Elvir Lenavi, mal llamado “el rojo” por evidente referencia al tono de su piel cobriza, estaba de muy mal humor aquel día. Algo tenía que ver la resaca, y el desagradable despertar no ayudaba tampoco mucho… pero lo que definitivamente le irritaba era la inapelable aparición, una vez más, de las presiones del posadero para que siguieran camino. Para echarle de allí…

Cuando Royam de Montegrás se lo comunicó después del desayuno, con toda la sutilidad que le caracteriza cuando quiere, Lenavi mantuvo un silencio sepulcral, pues sabía bien que la culpa no era del seshnegano, que en el fondo le estaba haciendo un favor, al advertirle de que una vez más había llegado el momento en que la mala reputación de los vadelis le había acabado por convertir en un personaje poco grato en la mísera aldea. De salvador de la amenaza de los bandidos… a paria social en apenas unos pocos días. No está nada mal.

Y si no hacía caso de los primeros indicios de problemas y ponía tierra por medio, la cosa iría a más en pocas horas, tal vez no esta misma noche, como esgrimía a modo de sutil amenaza el hijo de perra del posadero, pero podía apostar a que si no se esfumaba pronto, antes de una semana tendría encima al mismo alguacil que fue incapaz de subir de noche a las colinas para localizar el campamento de los salteadores de caminos. Llegaría con todos sus hombres y empezarían a buscarle las cosquillas, amenazándole con todo el peso de la ley… Y fuera aguardarían todas las buenas gentes de la aldea convertidas en una turba lista para el pródromo de ateos infieles… Definitivamente tenían que ponerse en ruta antes de que las cosas de desmadrasen. Pero maldita la gracia que le hacía pasar otra vez por todo eso.

Además, ni tan solo le había hecho falta blasfemar de los absurdos dioses primitivos a los que adoran los henoteístas del Safelster para que les den unos cerdos gordos y buenas cosechas… o renegar en público del gran demiurgo invisible creador del universo, tan estúpido y carente de sentido como todos los demás… a un vadelino le resulta tan simple ofender a los paisanos del lugar como dejarse ver con sus característicos y tan fácilmente identificables rasgos raciales: su piel cobriza, la gran nariz ganchuda, los ojillos pequeños y aceitunados, la gran estatura… o elementos culturales como las joyas y abalorios, el cráneo afeitado y la oleosa barba morena untada en grasa de manatí. Eso y el simple hecho de no acudir a los servicios religiosos semanales, que evidentemente le son ajenos a cualquier extranjero, ya basta para desatar el odio de la población. Y donde a un viajero exótico se le toleraría la diferencia, justificada por venir de otra cultura, a un vadelino le supone hacer una provocación contra los dioses, atentar contra la piedad y la devoción de las gentes, tentar a la voluntad divina y atraer castigos propiciatorios sobre la población…

Me cago en esa puta panda de borregos beatos… ¿acaso les digo yo lo que opino de todos ellos, con sus mamarrachos curas follaniños clamando en el púlpito sobre pecados ajenos?

Pero no tenía sentido darle más vueltas. Era hora de organizar su escaso equipaje y ponerse en camino, hasta la siguiente población en la que necesiten a alguien que sepa tirar de cuchillo y esté dispuesto a jugarse el pellejo donde los hombres de bien no tienen huevos de entrar…

 

 

Ya estaba descendiendo la empinada escalerucha de tablones torcidos, con el petate a la espalda y la bolsa de monedas en la mano, dispuesto a tirarle directamente a la cara al malnacido del posadero todo lo que le debían, antes de que aun les acusase de huir sin pagar su estancia, cuando oyó estrépito en la entrada. Entraban hombres de armas, eso era fácil de inferir a partir del tintineo del metal y el sonido de las botas claveteadas. Y eran al menos cuatro o cinco, cansados de cabalgar, también ha oído algún relincho en las cuadras de fuera…

Asoma al piso inferior con la prudencia que su peculiar oficio recomienda y comprueba que estaba en lo cierto, son militares seshneganos con equipo ligero, y elegantes capas de viaje… parecen caballería de los Tercios, pero el tufillo nobiliario rezuma por todas partes, en las botas altas de buena calidad, en los broches, los pequeños brocados de las mangas, los adornos esmaltados en la empuñadura de las espadas o las dagas, en ornamentados tahalís….

Putos hidalgos – bufa en silencio – lo que me faltaba para arreglar el día.

Decide ignorarlos y se dirige a la barra, pero ahora es dolorosamente consciente de que el cabrón del posadero todavía se va a librar de los insultos de despedida que le tenía reservados, no quiere que para colmo de males algún petimetre engreído decida aparecer como defensor de los débiles contra el hereje vadelino… y tenga que darles una lección sobre las diferencias entre un soldado profesional y un militar de desfile, al tonto en cuestión y a sus cuatro amigos.

El mezquino posadero le ve venir por el rabillo del ojo, pero le ignora intencionadamente y se retrasa atendiendo a los preciados nuevos clientes, que le piden vino joven para refrescar el gaznate reseco por el polvo del camino. El frustrado Lenavi hace acopio de paciencia para no agarrarle del cuello y arrastrarlo por toda la barra… cuando de golpe le llegan unas palabras en lengua seshnegana de la conversación que mantienen entre ellos los recién llegados…

–          …imposible que encontremos a estas alturas al señor Royam de Montegrás, por mucho que hubiera un informe que indicaba que ahora reside en Ciudad Casino… Además está a medio mundo de distancia y ya me duele el culo de cabalgar, deberíamos haber ido por mar, como dicta la lógica si viajas a las islas de Maniría…

Lo ha oído perfectamente. Royam de Montegrás. No hay lugar a dudas…

Absolutamente sorprendido por la fuerza del azar en este loco mundo, el ladino vadelino duda sobre cuál debería ser su curso de acción ahora… la increíble casualidad de este encuentro… ¿Será buena o mala para sus intereses? ¿Debería avisar a su compañero? La lógica aplastante indica que primero debería disponer de todos los datos posibles, así que se dedica a escuchar disimuladamente desde su posición, aguzando el oído cuando los cinco viajeros se instalan en una mesa cercana, para segur charlando mientras disfrutan su refrigerio.

Cuando el posadero por fin se le acerca, Lenavi lo espanta como a una mosca cojonera, agitando una mano al tiempo que levanta sutilmente el labio superior y le enseña el brillo maligno de su diente de oro, en un recurso sin duda muy animalesco pero que se revela tremendamente efectivo. El hombrecillo se apresura a desaparecer en su cocina…

 

 

Por desgracia la conversación de los recién llegados pronto se desvía hacia temas más inmediatos como dónde hacer noche o si comprar más o menos provisiones en el próximo mercadillo de vituallas que encuentren, en lugar de continuar discutiendo sobre el motivo de su extraño interés por el matasiete seshnegano, al que Lenavi conoce desde hace años.

Por supuesto que sabe que es el hijo bastardo de un gran señor, allá en su lejana patria, pero también le ha oído explicar varias veces que su medio hermano envió un día algunos matones para acabar con su vida, y por eso tuvo que exiliarse al oriente próximo gloranthano, Maniria. ¿Vendrán acaso estos cinco a acabar el trabajo? No, no puede ser… No tiene mucha lógica una expedición hasta tan lejos y en especial con tan remotas posibilidades de éxito, solo por una fraterna antipatía personal… Porque el fugitivo Royam no ha sido nunca, y menos aún ahora, más de una década después, amenaza alguna para la hegemonía del heredero legítimo y reconocido del título de los Montegras. Debería saber que jamás regresará a su tierra natal…

Por no hablar de que a estas alturas el nuevo Conde de Montegras ya debería haber aprendido a no escatimar en medios cuando se trata de un espadachín tan hábil como su hermanito, porque con estos petimetres no está asegurando la faena…

Lenavi mira de forma furtiva el armario cerrado con llave, en el que el posadero les hizo depositar sus armas de guerra al entrar a hospedarse, pues allí reposa su largo mandoble y su ballesta de cranequín con arco de metal. Al distinguido Royam le permitieron conservar el tahalí con su fino estoque, por supuesto, con sus pintas de señoritingo no le niegan nada… Pero en el fondo una espada de dos manos es poco útil en el interior de una taberna y con la daga larga provista de cazoleta que lleva colgando en su funda de cuero, al cinto, y un par de dagas arrojadizas que lleva ocultas a la espalda y en la bota… está seguro de poder dar cuenta de dos o tres contendientes antes de que se den siquiera cuenta de lo que pasa. Luego saltarán hacia atrás, sacarán sus espadas y bueno, incluso si son dos contra uno… daga larga contra espada… aún está algo desequilibrado, pero en esta vida no hay garantía de nada, menos aún de llegar a viejo… Sonríe taciturno mientras mentalmente empieza a calcular los movimientos del posible combate y sus variantes, para aprovechar al máximo el entorno.

Y en ese momento aparece el hombre clave, su viejo compañero de armas, bajando despreocupado la escalera con una bota de vino en la mano y llamando a gritos al posadero para que se la rellene antes de emprender camino. Todos los presentes levantan la vista hacia él con ociosidad, con desidia, pero no podría pasar menos desapercibido…

Lenavi nota la tensión en sus dedos, prestos a coger la primera de sus dagas… pero los viajeros bajan la cabeza y siguen su conversación. Joder, parece que por una vez en mi puta vida voy a tener algo de suerte, ya iba siendo hora… Piensa el vadelino al ver que no han reconocido al hombre que buscan, mientras se levanta con intención de dirigirse hacia el fondo de la taberna, haciendo un discreto gesto a su amigo para que se reúna con él donde no puedan oírles desde la mesa de la entrada. Así podrá informarle de todo y actuar juntos…

Luego ya decidirán si es más prudente desaparecer sin más, o averiguar qué negocios quieren estos cinco jinetes con el bastardo en el exilio…

 

 

Pero en ese preciso momento uno de los militares, un tipo joven con un estilizado bigotillo sobre el labio y una perilla de cuatro pelusas, levanta la vista y dice en voz alta y clara:

–          Esperad… Aquel jaque de allá parece vestir al estilo seshnegano – y llama – Eh, vos, buen hombre… ¿por fortuna habéis oído hablar de un tal Royam de Montegrás? Según tengo entendido se gana la vida desde hace años con el oficio de las armas y una espada de alquiler podría haber oído algo de un paisano que pulula por estas tierras, de aquí a la Nación Santa, buscándose la fortuna por la ruta de las caravanas.

Sin poder disimular la cara de sorpresa, el interpelado se queda quieto, dedica una calculadora mirada al grupo reunido en torno a la mesa y con un movimiento preciso de la mano siniestra aparta sutilmente la casaca, para facilitar el acceso a la gastada empuñadura de la espada larga de ornamentada cazoleta que cuelga de su tahalí. El arma es de excelente calidad y tiene resaltes en plata, pero a diferencia de las espadas roperas de los cinco jinetes, el pomo esmaltado ha perdido todo el brillo por los muchos años de uso…

–          ¿Quién quiere saberlo, si me hacéis la merced? – pregunta con toda cortesía pero en un tono nada cordial, que pone automáticamente en guardia a todos los presentes…

A la mierda el factor sorpresa… – piensa con resignación el vadelino mientras se separa unos pasos lateralmente, con movimientos felinos, para encarar a los cinco hombres desde otro ángulo y obligarlos así a dividirse… y de forma casi imperceptible lleva la mano izquierda a la espalda para sujetar con la punta de los dedos una de las dagas arrojadizas.

–          Mi nombre, señor, es Gerard de Monfort, y me acompañan los caballeros Ruy Marcos de Vallealto, el joven señor Vincento de Campoclaro así como los hermanos Hernan y Rudolfo de Marinaleda – señala con un amplio gesto de la mano mientras todos se ponen lentamente en pié y se separan algo de la mesa para tener más libertad de movimiento – Mi familia lleva generaciones ocupando el cargo de senescales de la noble casa del Conde de Montegrás – todo parece conducir directamente a confirmar sus peores temores cuando añade – Y estamos buscando, por si tanto os interesa, al hijo pródigo de nuestro difunto señor, para reparar la intolerable injusticia que se obró con él y devolverle sus honores y sus títulos…

Royam parece haberse quedado mudo de asombro, pero Red, aunque no menos sorprendido, todavía es capaz de articular algunas palabras:

–          Bastardo hijo de puta, hoy sí que es tu día de suerte…

[Extracto del primer capítulo de El Legado de Montegrás]